La mujer yacía sobre la cama, él a su lado acariciaba su vientre, haciendo diseños sin explicación, feliz. Mantuvo su mano sobre el vientre de su esposa, se acerco a su frente y la besó. Los ojos grisáceos de ella centellaron y su boca se curvo.

-¿Haz pensado un nombre?- pregunto él.

-¿No crees que es muy temprano todavía?-

-No- respondió rápidamente el aludido.

Ella le miró con extraña felicidad, un par de risas se le escaparon, su rostro estaba inmaculado. Él la observaba con ternura mientras su corazón se desbocaba igual como había pasado cuando se conocieron. Había olvidado respirar, como le ocurría usualmente cuando estaban juntos, por lo que absorbió una gran bocanada de aire, sacando de la templanza en que se encontraba su mujer. Le sostuvo la mirada por unos segundos y rompió el silencio.

-Noah- hizo una pequeña pausa con su dedo índice sobre sus labios, en signo de pregunta –Sí, Noah- miro los ojos verde agua de su marido y le sonrió –Me gusta-.

Él solo se acercó para sellar aquello con un beso, sin tener que hablarle ella comprendía que ese sería el nombre elegido.
El atril descansaba en la otra esquina de la pieza con una tela a medio pintar. El joven se levantó tomando los oleos de la mesa de madera cercana y con delicadeza comenzó a pintar allí la brillantez del rostro de la mujer. Ella se mantenía sonriendo y mirándole maravillada, no comprendía cómo era que él lograba retratar de manera tan perfecta cada cosa que se le venía a la cabeza o que le obsesionaba.
El tiempo transcurría demasiado a prisa y el cansancio en su rostro se mostraba más claro. Miró con desencanto la ventana, donde apenas entraba luz, el invierno había sido duro esta vez y su rostro se marchitaba al recordarlo, necesitaba algo de sol.

-¿Te encuentras bien cariño?- le preguntó al verla con el rostro torcido.

-Si, amor, solo estoy algo desganada con esta vista-

Él se limito a sonreírle y seguirla observando de lejos. Tomo la tela que tenía en el atril y la dejo a un lado, tomando otra tela sin pintar. Trazo pinceladas lentas y algo intranquilas, miraba de reojo a su mujer, que aun estaba con el rostro fijo en la ventana, y las manos sobre su vientre.
Se levanto de la cama arrastrando el camisón blanco largo con ella, se aproximo al pintor apoyando su rostro sobre su lejano hombro.

-¿Qué pintas tan esmerado?- le sonrió débilmente, comenzaba a sentirse mal.

-Solo algo que se me ocurrió- musitó.

Ella se asomo por su espalda y lo vio, el ser más bello que jamás había visto. Rubio ceniza, de ojos verde agua como los de él, la piel blanquísima y delicada de la madre y exactamente sus mismos gestos. Era la perfección hecha niño, era la conjugación exacta entre ellos dos. Su declaración de amor.


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