Corría por la casa hacia la biblioteca, sus mejillas sonrosadas por el sofocante calor. La clase había tenido un receso para relajarse. Abrió de par en par las puertas a su santuario y la brillantez de aquellos pómulos y ojos grisáceos al lado de la ventana le encandilaron. Se asustó y se deslumbró, quedando tirado en el piso, boquiabierto mirando aquel ser que llamaría luego Ángel. A ella se le cayó el libro que sostenía entre las manos de la impresión, se quedo mirándole y una sonrisa juguetona alumbró todo su rostro, caminó con movimientos suaves y delicados hasta donde él se encontraba, le tendió la mano para ayudarle a pararse. Él aun no encontraba las fuerzas para volver a respirar hasta que un suspiro absorbió todo el oxigeno que le hacía falta, acercó su mano que tiritaba a la de chica, su piel le quemo profundamente en el pecho. Se levantó quedando a unos cuantos centímetros del rostro ovalado y de porcelana, de la emoción que recorría toda su espina, dio un salto apresurado hacia atrás, logrando una distancia comprensible entre sus dos cuerpos.

-Lo… lo lamento- dijo tartamudeando Claude. Ella solo le dedico una sonrisa. –No sabía que había alguien aquí- los labios del chico se curvaron temerosos.

Ella volteó y recogió el libro que había dejado caer, y colocó sus manos tras la espalda.

-No te preocupes- salió de sus labios pálidos –He sido yo la que ha importunado- giró solo su cabeza para verle, sonrió y le guiñó un ojo, luego se fijó en el radiante sol de afuera –Hace buen tiempo ¿no?-

Claude seguía estupefacto así que solo atinó a asentir con la cabeza y mantener la distancia. La jovencita caminaba lento alrededor de la biblioteca rosando con su dedo níveo todos los libros.

-Tienes una biblioteca grande- musitó.

Claude solo la observaba de lejos manteniendo su lugar, sin saber si acercarse o no.
La jovencita se apoyo en las estanterías, Claude recién se había dado cuenta de que vestía como niño: pantaloncillos, una camisa blanca, suspensores y una boina a juego. Su cabello negro, suelto y largo era lo único que gritaba a voces su verdadero sexo, aparte, claro, de su delicado rostro.
Ella se sonreía coqueta al notar el rostro de su compañero. Le causaba gracia.

-Así que tu eres Claude Bordeux- dijo sin mucha importancia.

El aludido, que comenzaba a calmarse sin bajar mucho la guardia, asintió. Y luego pregunto:
-¿Y tú eres?-

Un andar rápido y pesado se escuchó por el pasillo, ambos jóvenes volvieron su rostro a la puerta donde repentinamente apareció Mesié Benoit, con ambas manos apoyadas en el marco de la puerta, tomo una bocanada de aire, levantó el rostro con ojos fervientes, a Claude se le erizó la espina, creyó que se había retrasado y comenzó a decir:
-¡Maestro! Disculpe…- pero Casper le interrumpió.

-¡Elliot por Dios!- casi gritó dirigiéndose a la joven – ¡Aquí es que estabas!- una de sus manos se dirigió directo a su pecho –Sabes cómo ha sufrido tu pobre padre buscándote por todas partes?- dijo con tono sombrío y triste.

La pequeña le miro con una sonrisa en el rostro omitiendo una risita. Claude en cambio se encontraba desconcertado, no comprendía nada de lo que ocurría.

-¿Hija?- Salió de su boca sin pensarlo, mientras miraba aun a Elliot con millones
de preguntas sin contestar en los ojos.


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