La mañana entraba vigorosa por la ventana, iluminando todo a su paso. Claude aun dormía, enredado en las sabanas. El verano esta vez era más caluroso, los ropajes de cama descansaban en el suelo.
Toc, toc. La puerta sonó. Un chirrido hizo al abrirla, la piel oscura de su inseparable criado insultaba la brillantez de la habitación.

-Mi Señor- se quedo parado al lado de la puerta esperando gesto alguno del joven.

Claude abrió los ojos lentamente, siendo herido por la luz, su mano se dirigió sola a taparlos.

-Dominique- dijo con pesadumbre.

-Dígame Mi Señor-

-Es muy temprano ¿no?-

Dominique se acerco a la ventana mirando hacia el cielo.

-Deben de ser alrededor de las 9 de la mañana Señor-le respondió con voz apaciguada.

Un suspiro se escapo de los labios jóvenes. Se movió con suavidad y pesadez, como si cada musculo de su cuerpo fuera hecho de plomo. Ya sentado en la cama su criado se le acerco.

-Señor, recuerde que hoy vienen los postulantes a maestro- le ayudo a sacarse el largo camisón –Debe saber que llegaran a lo largo de la hora-

-¿Por qué hoy?- bufó mientras se acercaba al lavabo, para asearse.

-Porque así lo ha decidido su padre, hoy es su cumpleaños número 16, cuando su padre y madre marcharon y me dejaron a cargo suyo, me pidieron explícitamente que para su cumpleaños usted tuviese un tutor- Claude se encogió de hombros y comenzó a ponerse su vestido de fiesta.

-¿Está bien que vista así?- pregunto todavía desganado.

-Vista como quiera, es el señor de esta casa- sonrió Dominique y desordenó los cabellos del chico.

Vestía con una elegante camisa blanca que tenía un chaleco rígido sobre ella, sus pantalones negros, los que había esperado tanto tiempo por estrenar, tiro sus pantaloncillos lejos. Se abotono su chaqueta también negra, con botones de plata. Parecía un príncipe más que un joven de 16 años, dueño de una hacienda.
Bajo a saltos la gran escalera de la mansión, directo a la cocina, su estomago le pedía a gritos algo de comer. Las cocineras se sorprendieron al verlo tan temprano en pie y le sonrieron.

-De inmediato le tendré su desayuno, señor- le dijo la más gorda de todas, parecía ser la “dueña” de la cocina.

El joven sonrió cálidamente y al verse sin nada que hacer salió corriendo por la puerta que daba de la cocina al patio. Tras él, como siempre, Dominique corría gritando:
-Por favor, tenga cuidado y no se vaya a ensuciar-

Claude se giraba de vez en vez, para ver que tan cerca se encontraba su criado. Y seguía corriendo, más y más rápido, adentrándose en los bosques cercanos a su casa. Una campana sonó, y en seco paró sus pies.

-Al fin- grito fuerte y corrió en dirección contraria, volviendo a la casa.

Paso por al lado de Dominique que casi ni respiraba ni corría, demasiado viejo, demasiado robusto. Alzó su mano, como si eso impidiera que el joven con tantas energías parase de correr.


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